viernes, 11 de octubre de 2013

Mañana en El Joelito





        Sábado por la mañana, cerca de las 9:20. Muchos adolescentes seguían durmiendo plácidamente en sus casas mientras que yo estaba esperando la aparición de alguno de mis compañeros en las muy transitadas avenidas 1 y 60. Seguía dormida, hasta que de a poco vi llegar a dos compañeros y comenzamos a charlar sobre lo que nos esperaba en las próximas horas. Pasados unos diez o quince minutos llegaron dos miembros de la Agrupación que nos acompañarían, Nicolás y Juliana; ambos vestían remeras de la “dekada ganada” junto a una imagen del ex presidente Néstor Carlos Kirchner y la presidenta Cristina Fernández. Con el correr de los minútos siguieron llegando mis amigos.
Eran las 9:50 de la mañana cuando vimos al Este 15 llegar y nos indicaron que ese era el micro que debíamos tomar. En ese momento miré a Facundo con todo el desprecio posible y remarqué “este es el micro que podría haber tomado en la esquina de mi casa, pero prefirieron hacerme venir hasta acá más temprano” mientras que él se reía. Ya estando arriba nos encontramos con otra integrante de la agrupación. Luego de casi veinte minutos nos tocaba bajarnos, sobre la calle 609.
Lo más llamativo eran las marcas que habían en la tierra, dos ranuras bien marcadas como si fueran de un camión y luego otras más pequeñas. En cuanto a las casas la precariedad no es tan marcada, sino que se presentan muchas construcciones a lo largo de las cuadras. Casi después de 300 metros llegamos a la casa de Rita. Desde lejos se notaba como la ropa estaba tendida en un alambre sostenido por un palo grueso, también dispuesta sobre otro alambre que delimitaba el sector con la calle que sostenía unas chapas. Fácil, había cinco perros y dos gatos.


La casa de Rita parecía una fortaleza de madera de pino y techo de chapa, con un sector más nuevo que se nota con facilidad, puesto que la parte antigua tiene un color más apagado y oscuro mientras que la nueva sección es más clara. Al lado de la puerta hay una especie de cerca del mismo material antiguo que delimita el exterior con el interior de la casa, casi simulando un hall de entrada. Hasta que no llego la hora no comprobamos que el sol cerca del mediodía era arrasador pese a que la primavera recién iba queriendo asomarse. Por suerte Rita tiene delante de su casa un techo sostenido por tirantes y columnas de madera, también de chapa pero que nos brindó la sombra necesaria como para no insolarnos en nuestra visita y un banco (no hace falta aclarar que también era de madera), que resultó mucho más cómodo de lo que parecía.
Dentro del mismo terreno se encuentra hacia la derecha la casa que visualizamos primero, que era la de Tito, el marido de Ester, la hija de Rita. A diferencia de su suegra, la casa de Tito tenía muchas más chapas en las paredes y pocos rastros de madera. Él también cuenta con una nueva sección de su casa, pero también es de chapa. Por la puerta principal sale un cable que va directo al costado derecho de su casa y que resulta ser de una zapatilla en la que está enchufado el secador de ropa, dispuesto en la intemperie. Otra diferencia con la casa de Rita es que en este costado del terreno el desorden se hace mayor, tal vez y probablemente sea a causa de que Tito tiene cinco pequeños hijos que viven con él. En el medio de un patio delantero compartido que se encuentra cercado por alambres, cañas y alguna que otra madera perdida hay una canilla de agua que parece delimitar los sectores.
Luego del almuerzo iríamos con la Agrupación a realizar el relevamiento sobre el caso de desalojo que se está intentando evitar en la calle 613 y 115, recorriendo lo que nosotros conocemos como El Joelito y consultando los casos particulares de cada vecino.
Pasado ya el mediodía estábamos todos mis compañeros y la gente de la Agrupación tomando mate con Rita, que iba y venía, no dejaba de hacer cosas. De un momento a otro, vimos que se acercaba con una pala por el costado de donde estábamos. Sin darnos cuenta, uno de los tantos perros flacos que estaban allí había ensuciado y ya estaba Rita llevando los restos a la calle para evitar que alguno los pisara, pese a que ya Manuel los había pisado sin darse cuenta.
Cerca de la una de la tarde apareció Tito junto a su hermano con dos bandejas de sanguches de milanesa de pollo con tomate, orégano y mayonesa. Sin exagerar estaban repletas, casi con quince unidades cada una. Menos de cinco segundos después de haberlas dejado arriba de una mesa improvisada, bajo el techo de Rita, la comida iba acabándose con rapidez.


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